EL RITUAL DEL CAMARÓN II.
NO hay nada más rico que ver el cielo
pintado de colores por un hermoso atardecer, mientras uno sumerge su cabeza en
las cristalinas aguas del caribe.
Nada mejor que ver los tonos de rosa,
morado y anaranjado, desde el oeste de la Isla de Coche.
Allá donde hay más mar que tierra, donde
las aves por pequeñas o grandes que sean, simplemente se preocupan por meter
sus cabezas para pescar.
Los colores del cielo enloquecen a los
camarones de la zona quienes a esa hora salen
de entre la arena y las algas.
Los pescadores aprovechan esa locura de los
camarones para tirar sus redes al mar. Lo hacen después de haber ofrecido sus
sueños a ese cielo pintado de colores.
Ya con la noche encima ellos recogen sus
redes, prenden botes impregnados de gasolina y se dedican a usar sus ríspidas
manos para seleccionar la cosecha del mar.
Botes de camarones pequeños, otros de
cangrejos, otro de pescados menores y uno de mayores, y al centro un cajón
amarillo donde caen los camarones grandes.
Los pescadores suelen ser presas de la
revancha del cangrejo que pelea por sus camaradas, apretando sus tenazas y
lastimando esas manos que son duras y saladas como las conchas.
Todo lo hacen en medio de risas, todo por
ir a comprar una botella de licor para seguir la noche.
Al siguiente día antes de ir a dormir,
mandan al marinero que todavía esté en condiciones de contar el dinero para que
venda esos camarones en los hoteles todo incluido, donde los ricos y los extranjeros al siguiente día degustaran
sin inmutarse un plato de camarones.
Los pescadores estarán dormidos,
descansando, se levantaran al mediodía cuando el sol pega más fuerte, se
compraran una docena de cambures, una cerveza para cada uno, le pedirán a sus
mujeres que le cocine un poco de los pescados pequeños y volverán a esperar a
que llega el atardecer.
Isla de Coche, Venezuela.