TRANSPORTE DE TERROR.
Hermanos Venezolanos.
De las crisis y desgracias siempre sale lo mejor y lo peor de uno.
Lo primero siempre es lo que ayuda a salir adelante.
*Fragmentos del Diario.
TERCERA Y ÚLTIMA PARTE.
Viernes 21 de Julio, 2017. ¡ SE VIENE LA GUERRA ! :
OTRO DIA DE TERROR EN LOS BUSES VENEZOLANOS.
Julieta había pasado una noche de
perro pues se había intoxicado con la hamburguesa que había comido el día
anterior. Había que ver que íbamos a hacer, el plan era salir ya rumbo a
Mérida.
Luis y yo fuimos a almorzar con las señoras de las
arepas, luego volvimos al hotel y como
teníamos que dejar la habitación a la una, decidimos salir a esa hora a la
terminal para preguntar por los pasajes, el calor era intenso pero
afortunadamente no tuvimos que caminar mucho. Cuando entrabamos a la terminal
Luis dijo que ahora si se venía la parte difícil pues había que acercarnos a
preguntar por los pasajes sabiendo que nos podían contestar con lo que fuera
pues ya estábamos desconfiados con todo lo que nos había venido sucediendo los
últimos días. En la primera oficina nos
dijeron que fuéramos al siguiente pasillo pero que ellos creían que no íbamos a
encontrar. Caminamos hasta la oficina que tenía el letrero de “Mérida”, el tipo
nos atendió de mala manera, nos dijo que había un bus a las cinco de la tarde
pero que ya no tenía lugares.-ni para hoy, ni para mañana, el próximo sale el
domingo-. Ante esta situación yo rápidamente comencé a maquinar en la cabeza
cómo le podíamos hacer para movernos, ya nos urgía salir pues el día de las
votaciones estaba cada vez más cerca y las malas experiencias ya nos hacían
desear estar del lado colombiano, así que le propuse a Luis que al menos avanzáramos
hasta Maracaibo, que aunque era un destino que nos desviaba un poco, al final
nos terminaba acercando más a Mérida y luego
a la frontera. Luis dijo que le parecía bien por lo que fuimos a
preguntar por las busetas, nos dijeron que costaba ocho mil y que salían hasta
las tres de la tarde y luego otro chico dijo que hasta las cuatro. Como ya era más de las dos volvimos a paso
veloz al hotel, allí le informamos a
Julieta y ella de inmediato se contactó con la mamá de Jesús, nuestro amigo que
habíamos conocido en Bariloche, quienes ya nos habían ofrecido recibirnos,
Sorayda contesto el teléfono y aunque no se escuchaba muy claramente ella amablemente
nos ofreció su casa. Dejamos el hotel y salimos en taxi con nuestras maletas,
una vez en la terminal fuimos a tomar la buseta. Había mucha gente, y filas
interminables en los andenes, pero la buseta que iba para Maracaibo no tenía
tanta fila pero si un amontonamiento de gente afuera, entre empujones pudimos subirnos, agarramos
lugar y acomodamos las maletas. Poco
antes de arrancar llego el típico señor que toma los datos de los pasajeros y
comenzó a cobrar la tasa de embarque, la gente comenzó a pelear con él ¡animal!
ese, al final nosotros le pagamos cien pesos cada uno para evitar la discusión.
Unos minutos después cuando vinieron a cobrarnos el pasaje el ayudante del
chofer se quiso aprovechar de la situación y cobrarnos nueve mil, pero le dijimos que nos habían
dicho que ocho, y que solo daríamos esa cantidad, el resto de los pasajeros nos
apoyó y al final solo pagamos ocho mil. Después de un rato salió el bus y la
odisea del día estaba por comenzar. No habían pasado ni dos horas cuando el bus
se frenó. Nosotros pensamos: ¿y ahora
qué? , pues era para comer. Después de
eso seguimos el trayecto totalmente obstaculizado por los policías acostados
(topes) y con una muy exagerada cantidad de retenes de todo tipo, militares,
policías, guardias bolivarianos que nos hacían frenar que en algunos nos
revisaban los documentos y en otros incluso las maletas, pero afortunadamente
no nos hicieron problema alguno. Pero la
pero la peor parte estaba por venir, pues cuando estábamos como a una hora y
media de Maracaibo, en el kilómetro 42, el bus se tuvo que desviar de la carretera
pues estaba trancada por una manifestación de la oposición. El bus tomó un
camino de ripio en pésimas condiciones, pero eso al chofer no le importo pues
siguió manejando a una velocidad por demás imprudente. Avanzamos por más de
media hora hasta que el chofer atino con pegarle a un bache pronunciado, se escuchó que algo tronó y sin previo aviso
el vehículo dejo de funcionar, el chofer y su ayudante se bajaron inmediatamente
y luego conforme fuimos entendiendo, nos bajamos el resto de los pasajeros.
Eran ya más de las seis de la
tarde, el bus estaba descompuesto en medio de la nada, y el chofer
y su ayudante no hacían ningún
esfuerzo por solucionar el problema, hasta que se apareció una buseta que tenía
unos espacios libres, pero donde solo alcanzaron a mandar a algunos pasajeros,
nosotros como teníamos maletas grandes no alcanzamos a entrar. Al final nos quedamos allí varados un grupo selecto de unas 12 personas, un par
de ellas con bebes en brazos y otros con mucho equipaje, como nosotros. Los minutos comenzaron a pasar sin ninguna
novedad, después de un rato nos cayó la noche, y con ella los mosquitos comenzaron a
salir. La incertidumbre comenzó a
invadir mi cabeza pues no veía ninguna solución posible, y menos al ver la poco
iniciativa del chofer por hacer algo. En algún punto Luis despotricó contra el
chofer, pero a él parecía no importarle pues decía que no era su culpa que se haya descompuesto el autobús.
Entre la gente que permanecía con nosotros estaban un señor de raza negra con
su niño pequeño “Bryan” quien desesperado comenzaba a decir que su niño no
había comido nada desde en la mañana y que ya se quería ir, nosotros le
convidamos un poco de fruta que solo era suficiente como para darle un poco de
azúcar a la pobre cría. Por el desolado camino solo pasaban unos cuantos
automóviles, camiones de carga y motocicletas y ninguno se inquietaba siquiera
de vernos atorados en medio de la nada. Ya a obscuras comenzamos a interactuar con el
resto de los pasajeros, comenzamos a entender que estábamos solos y que
teníamos que permanecer unidos en caso de cualquier cosa que fuera a pasar,
pareciera que de las crisis a veces sale el lado más humano de las personas. Ya
con la desesperación a flor de piel comenzamos a exigirle al chofer que hiciera
algo, en eso paso una camioneta y el ayudante fue a hablar con el conductor, después de unos
minutos regreso con la noticia de que el
señor de la camioneta nos llevaría de regreso hasta el retén del km 42,
justamente el punto donde el bus había virado unas horas antes al encontrarse
con el camino cerrado. La opción no era la mejor, pero era algo así que había que alistarnos
para irnos, pero nunca imaginamos que lo peor estaba por llegar. Todos
estábamos desesperados y con mucha hambre, Julieta no había comido nada en todo
el día, los mosquitos ya nos habían dejado varios piquetes, se nos había terminado
el agua para tomar y el chofer todavía estaba negociando con la camioneta para
pagarle menos para que nos sacara de allí. La camioneta era una carcancha (como
es costumbre acá en Venezuela) con la parte de atrás tapada con un techo de fibra
de vidrio del año del caldo, pero en esos momentos representaba nuestra única
opción de salir de allí y por lo tanto pensamos que al menos avanzar era algo
bueno. De allí se vinieron una serie de
acontecimientos bastante delicados, momentos intensos donde por momentos no
sabía si iba a morir o si ya estaba muerto. Primero subieron a la gente, al
grito de “mujeres y niños primero” como
si estuviéramos en plena guerra, arriba
de la caja nos apretamos todos, Luis,
Julieta y yo alcanzamos a entrar sentados junto con la gente que iba
con niños en brazos, pero todavía había
que meter a cuatro personas más y el resto de las maletas, incluyendo un
televisor antiguo que traía una de las señoras con bebé. Cuando estábamos
arriba de la caja comenzó a encerrarse el calor, los bebes comenzaron a llorar,
y con eso la situación comenzó a tornarse más turbia. Las cosas que no cabían
las comenzaron a poner en el techo de fibra de vidrio, y luego se les ocurrió
mandar arriba unos pesadísimos rines del autobús, yo estaba concentrado en
respirar cuando escuche que Luis gritó desesperadamente: ¡SE VA A ROMPER, DEJEN
DE TIRAR COSAS ARRIBA! No me había percatado que pasaba, pero en un
instante vi cómo se comenzaba a doblar
hacia dentro la cubierta de fibra de vidrio, amenazando con tirarnos encima la
enorme maleta y los rines, cosa que fácilmente nos podía partir la cabeza en
dos. Los que estaban afuera, con su imprudencia característica, pensaban que
estábamos exagerando, pero si eso se venía abajo podía matar a cualquiera de nosotros
incluyendo a los bebés. Yo gritaba como
desesperado que nos iban a matar, que
bajaran las cosas. En eso se percataron que no íbamos a permitir que siguieran
subiendo cosas, por lo que comenzaron a reacomodar las cosas bajaron las cosas
pesadas y peligrosas y solo dejaron algunos bultos menores arriba y mandaron el
resto de las maletas encima de nosotros, yo tuve que llevar el televisor y una
maleta sobre mis piernas todo el
trayecto, pero por fin había arrancado la camioneta, con tres tipos y una chica
colgados de la caja, la chica de vez en cuando le ayudaba a la señora del bebe
a echarle aire a la creatura de dos meses con una manta, el papá de Bryan seguía quejándose de que el nene tenía
hambre y que no había comido nada desde en la mañana, Julieta tenía lágrimas en
los ojos, y yo solamente me concentraba
en no dejarme caer.
El trayecto no lo sentí tan largo,
supongo que porque pensaba que iba a ser eterno. Para cuando llegamos al km 42, el panorama era perfecto
para una escena de guerra o para una película de zombis, con filas de autos
parados, gente en las orillas, arboles tirados bloqueando el camino, militares
caminando con sus armas en mano, y a escasos 200 metros gente protestando entre
gritos y escombros prendidos en fuego. La incertidumbre y el nerviosismo
comenzaron a atacarme, yo veía que los militares caminaban alrededor de la zona
y pensaba que en cualquier momento estallaba la guerra, incluso le dije a
Julieta que se pusiera lista por si había que correr, la mejor opción parecía
meternos al campo a tratar de perdernos entre la maleza.
Yo no sabía si estaba exagerando
al pensar eso, pero había que estar preparados para todo, de pronto se acercó el ayudante del chofer y
nos dijo que había conseguido un bus donde nos llevarían a unos cuantos pero
no a todos, nos acercamos entre la fila de
autos, llegamos al bus y los propios
pasajeros nos dijeron que el bus iba lleno que había que ir parados, nosotros
con todas las maletas y yo cargando con el televisor de la señora con la niña
de dos meses. Luego afortunadamente nos dijeron que nos bajáramos y nos
fuéramos a otro bus que venía vacío, el cual nos subió de inmediato. Para esos
momentos ya habíamos comprado una
botella de agua y cigarros, le regalamos los últimos mamones a Brayan, y cuando
nos disponíamos a fumarnos un cigarro
sorpresivamente se levantó la tranca, el chofer del bus inmediatamente arranco
sin importarle si alguien se quedaba y se fue todo el camino a alta
velocidad, rebaso autos, camiones y todo
lo que se le puso enfrente hasta llegar al emblemático puente a la entrada de
Maracaibo. Al final y después de
desviarse por otro tranca dentro de la ciudad, el bus nos dejó en la terminal
de Maracaibo, donde nos despedimos de nuestros
amigos e incluso intercambiamos teléfono con el papá de Bryan. De allí
tomamos un taxi hasta un punto donde ya nos esperaba Soraida y Mario, los papás
de Jesús. Ya eran más de las 10 de la
noche para cuando llegamos, estábamos
exhaustos, pero afortunadamente estábamos sanos y salvos. Luego la recompensa
llegó con el traro que nos dieron en Maracaibo, nos ofrecieron una copita de
ron para pasar el trago amargo y posteriormente unas exquisitas arepas con
caraota. En la noche cuando estaba acostada hice una oración en agradecimiento
por haber concluido el día, y pedí por que las cosas en Venezuela mejoren
cuanto antes….
Los días siguientes
continuamos nuestro viaje hacia la
frontera con Colombia la experiencia siguió siendo ruda pero de a poco fuimos
avanzando, el día que salimos de Colombia, yo agradecí infinitamente haber
terminado con la pesadilla de viajar en Venezuela, tengo que admitir tristemente
y a pesar de los buenos recuerdos que me llevo, que nunca me había dado tanto
gusto dejar un país. En cuanto cruzamos a Colombia el ritmo de vida cambió, y
con ello la situación se tranquilizó para nosotros. Para cuando llegamos a la terminal nos encontramos con muchas opciones de salidas para Bogotá, el autobús
allí era de nueva cuenta un bus normal,
yo no podía creer que de nueva cuenta estaba en un autobús donde había
baño, donde había aire acondicionado, donde los asientos estaban en buenas
condiciones y se podían reclinar un poco, sin música a todo volumen. Cosas que
en muchos países son básicas pero que en el presente de Venezuela, son todo un
lujo.
Escrito por David
Herrera González.