jueves, 13 de julio de 2017

105. TARDE DE DOMINGO FAMILIAR EN VENEZUELA.



TARDE DE DOMINGO FAMILIAR EN VENEZUELA.

Yo entre a este país confiando plenamente en la gente,  esa tarde quedo comprobado que para los latinos no hace falta ni siquiera conocerte para tratarte como un hermano.

*Extraído del diario.
Domingo 9 de Julio, 2017.
Fue un domingo por demás especial, uno de esos que no se olvidan, donde sucedieron cosas inesperadas, donde yo me sentí parte de un familia venezolana que con toda humildad y toda calidez nos acogió como si fuéramos parte de ellos.
 
Ese domingo despertamos en la casa de Andrea y de José Manuel, el Negro, nuestros amigos venezolanos quienes muy amablemente nos habían abierto las puertas de su casa para hospedarnos en Puerto la Cruz. Para antes de las nueve ya estábamos alistando nuestras cosas para irnos a la playa, la idea original era ir todos juntos pero por desgracia Andrea amaneció con un dolor de brazo y al final ellos se tuvieron que quedar para ver si l podían revisar el brazo, pero de todas formas el Negro nos explicó detalladamente lo que teníamos que hacer para llegar hasta la playa, había que tomar un bus Intercomunal hasta la parada de Guanta, de allí tomar otro transporte hasta el puerto de Baritina y finalmente allí pagar la lancha que va hasta la Isla de Plata, ya con esas indicaciones anotadas en mi libretita,  el Negro nos acompañó hasta la estación de servicio donde nos habíamos quedado de ver con su hermano Miguel quien nos iba a cambiar unos dólares para tener efectivo para poder pasar el día,  él llego con su mujer y su linda hija Ivana,  hicimos la transacción en su auto y luego nos indicaron donde tomar el  bus. Cabe mencionar que los buses en Puerto la Cruz están en pésimas condiciones, pareciera que se van a desarmar después de avanzar unos metros, pero no es así, ya que siguen funcionando, y si las cosas no cambian pronto, así seguirán por muchos años más. El bus nos cobró 200 bolívares por ser domingo, pues normalmente cuesta 150; el trayecto de ese primer bus fue largo, y más pues el tráfico en la zona del mercado era considerable, mientras estuvimos parados yo pude asomarme por la ventanilla y ver ese ambiente que tanto me gusta, lleno de frutas y verduras, de gente y de comercios ambulantes. Por fin después de un largo rato llegamos a la parada de Guanta, allí aprovechamos para comer algo, unos tequeños, empanadas y pasteles venezolanos fue lo mejor que encontramos, en un local atendido por un par de chicas venezolanas muy platicadoras; después de eso  tuvimos que tomar un auto taxi que nos cobró 1800 por los tres, quien nos llevó hasta el puerto  de Baritina tal como lo traía anotado en mi libretita de indicaciones, allí tomamos la lancha que por 1700 bolos por persona nos llevaría hasta la Playa de Isla de Plata. En cuanto zarpo la lancha se alcanzó a ver la planta de Cementos que antes pertenecía a CEMEX (Cementos Mexicanos) y que fue expropiada por el gobierno venezolano hace ya algunos años, una verdadera tristeza ver lo que hace el hombre por dinero, pues el panorama natural era paradisiaco, pero esa horrible fabrica contaminando en el fondo desentonaba por completo con la belleza del lugar. A la Isla llegamos al mediodía a la hora en que pega más fuertemente el sol, de todas formas Julieta y yo no nos aguantamos las ganas de meternos al mar para disfrutar de esa maravillosa piscina caribeña, donde los curiosos pececillos transparentes nadan libremente alrededor de los bañistas. Mientras nosotros nadábamos, Luis se quedó acostado debajo de una palmera, para cundo salimos él ya había hecho algunos amigos, nosotros nos sentamos un rato en la arena  para evitar quemarnos mucho y para que se nos comenzaran a secar nuestros trajes de baño; no pasaron ni cinco minutos en que un par de señores que estaban al lado de nosotros se nos acercaron para ofrecernos un vasito con ron, sin ninguna explicación comenzaron a ofrecernos otro y otro, hasta que terminaron sentados al lado nuestro, la plática se puso amena y entramos rápidamente en confianza con nuestros nuevos amigos Ita  y el Colacho.
 
En un punto Ita nos dio a probar una sopita de mariscos que le habían traído en un vaso de plástico, posteriormente otro de los amigos que había hecho Luis se acercó a traernos unos sándwiches, dijo que los disfrutáramos que nos los regalaba Venezuela y que eran para que nos lleváramos una buena impresión de su país.
Las lanchas para volver de la Isla pasaban hasta  las 4:30 de la tarde, por esta cuestión les dijimos a nuestros amigos que ya nos teníamos que ir pues también queríamos alcanzar a volver al departamento  del Negro y de Andrea para compartir con ellos un rato en la piscina. Estabamos discutiendo eso cuando se acerco Urián el hijo de Ita quien esta por cumplir 10 años, y con ese pretexto Ita  nos dijo que nos volviéramos en el bote de su hermano y que luego nos fueramos a seguir compartiendo con ellos, entre vasos de ron, les decíamos que no podíamos pues nos estaban esperando, pero cuando llegamos de nueva cuenta a tierra firme ellos nos dijeron que tomáramos un taxi entre todos hacia Guanta, nosotros accedimos pensando que así dividíamos costos,  pero de pronto el taxi se frenó en medio del pueblo de Guanta, frente a una plaza  muy peculiar que tenía una enorme bandera venezolana pintada en el fondo, la Plaza de los Cocos, allí nos dijeron que nos bajáramos un rato pues ellos nos iban a conseguir quien nos llevara hasta la casa de nuestro amigo. Allí frente a la plaza los acompañamos a una casa donde nos recibió una señora quien nos dijo que no nos juntáramos con Calocho por que el ya no tenía remedio, entre bromas y risas nos sacaron unas sillitas afuera de la casa, y Calocho haciendo honor a la fama que le estaban adjudicando, no consiguió con quien irnos, pero por el contrario sí consiguió otra botella de ron, puso una bocina, hielos y refresco. Al final salió toda la familia a compartir con nosotros, incluso los vecinos se acercaron para prestarnos más sillas. Por suerte nosotros habíamos llevado la marioneta del chavo para tomarle una foto en la playa, así que se nos ocurrió sacarlo,  los niños de inmediato se acercaron a verlo y a tomarse fotos, y así fue que pasamos una tarde de domingo en familia, tomando ron, escuchando calypso, salsa, y música venezolana, Julieta incluso aprovecho para bailar un rato. Entre foto, risas y buenas conversaciones  nos cayó la noche.  
 

Cuando ya nos íbamos los niños y los grandes nos pasaron sus contactos para lo que necesitáramos.  Ita y Calocho nos decían que estaban felices de compartir con nosotros y de tratarnos como hermanos, no querían que nos fuéramos y nos trataban de convencer de que pasáramos más días por acá. Ya de noche Carmen y nuestros nuevos amigos  venezolanos nos ayudaron a conseguir en que irnos, batallamos un poco pues por ser domingo y de noche ya casi no pasaban taxis y los que pasaban no nos querían llevar hasta donde teníamos que ir, hasta que por fin un taxi se ofreció a llevarnos y dejarnos en otro punto donde podríamos encontrar otro auto.  Ita  se aseguró que nos dejara en un lugar  tranquilo y donde pudiéramos conseguir otro taxi, y sin que nos diéramos cuenta le pago al taxista, antes de que arrancáramos nos aclaró que ya estaba pagado. Para tomar el otro taxi no batallamos pues en menos de cinco minutos ya íbamos en camino rumbo a la casa del Negro.
Ya después de las diez de la noche, un poco tomados y muy apenados, llegamos con José Manuel y con Andrea, pues estábamos seguros que ellos iban a estar preocupados por nosotros, pero cuando les platicamos lo que nos había pasado, se alegraron por nosotros y nos dijeron que les daba gusto que hayamos podido experimentar algo tan venezolano como pasar un domingo de fiesta en familia.
El cariño y la protección que nos ha  brindado la gente linda de este país no se compra ni con todos los paquetes de billetes de  100 bolívares, y como me dijo Ita: las cosas no pasan, uno hace que sucedan; también me gustaron mucho sus palabras al referirse a que nosotros los latinos somos hermanos, somos familia y como tal hay que tratarnos; justamente así  nos  han tratado en este hermoso país.



Escrito por David Herrera González.
















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