TARDE DE DOMINGO
FAMILIAR EN VENEZUELA.
Yo entre a este país confiando plenamente en la gente, esa tarde quedo comprobado que para los
latinos no hace falta ni siquiera conocerte para tratarte como un hermano.
*Extraído del diario.
Domingo 9 de Julio, 2017.
Fue un domingo por demás
especial, uno de esos que no se olvidan, donde sucedieron cosas inesperadas,
donde yo me sentí parte de un familia venezolana que con toda humildad y toda
calidez nos acogió como si fuéramos parte de ellos.
Ese domingo despertamos en la
casa de Andrea y de José Manuel, el Negro, nuestros amigos venezolanos quienes
muy amablemente nos habían abierto las puertas de su casa para hospedarnos en
Puerto la Cruz. Para antes de las nueve ya estábamos alistando nuestras cosas
para irnos a la playa, la idea original era ir todos juntos pero por desgracia
Andrea amaneció con un dolor de brazo y al final ellos se tuvieron que quedar
para ver si l podían revisar el brazo, pero de todas formas el Negro nos
explicó detalladamente lo que teníamos que hacer para llegar hasta la playa,
había que tomar un bus Intercomunal hasta la parada de Guanta, de allí tomar
otro transporte hasta el puerto de Baritina y finalmente allí pagar la lancha
que va hasta la Isla de Plata, ya con esas indicaciones anotadas en mi
libretita, el Negro nos acompañó hasta
la estación de servicio donde nos habíamos quedado de ver con su hermano Miguel
quien nos iba a cambiar unos dólares para tener efectivo para poder pasar el
día, él llego con su mujer y su linda
hija Ivana, hicimos la transacción en su
auto y luego nos indicaron donde tomar el bus. Cabe mencionar que los buses en Puerto la
Cruz están en pésimas condiciones, pareciera que se van a desarmar después de
avanzar unos metros, pero no es así, ya que siguen funcionando, y si las cosas
no cambian pronto, así seguirán por muchos años más. El bus nos cobró 200
bolívares por ser domingo, pues normalmente cuesta 150; el trayecto de ese
primer bus fue largo, y más pues el tráfico en la zona del mercado era considerable,
mientras estuvimos parados yo pude asomarme por la ventanilla y ver ese
ambiente que tanto me gusta, lleno de frutas y verduras, de gente y de
comercios ambulantes. Por fin después de un largo rato llegamos a la parada de
Guanta, allí aprovechamos para comer algo, unos tequeños, empanadas y pasteles
venezolanos fue lo mejor que encontramos, en un local atendido por un par de
chicas venezolanas muy platicadoras; después de eso tuvimos que tomar un auto taxi que nos cobró
1800 por los tres, quien nos llevó hasta el puerto de Baritina tal como lo traía anotado en mi
libretita de indicaciones, allí tomamos la lancha que por 1700 bolos por
persona nos llevaría hasta la Playa de Isla de Plata. En cuanto zarpo la lancha
se alcanzó a ver la planta de Cementos que antes pertenecía a CEMEX (Cementos
Mexicanos) y que fue expropiada por el gobierno venezolano hace ya algunos
años, una verdadera tristeza ver lo que hace el hombre por dinero, pues el
panorama natural era paradisiaco, pero esa horrible fabrica contaminando en el
fondo desentonaba por completo con la belleza del lugar. A la Isla llegamos al
mediodía a la hora en que pega más fuertemente el sol, de todas formas Julieta
y yo no nos aguantamos las ganas de meternos al mar para disfrutar de esa maravillosa
piscina caribeña, donde los curiosos pececillos transparentes nadan libremente
alrededor de los bañistas. Mientras nosotros nadábamos, Luis se quedó acostado
debajo de una palmera, para cundo salimos él ya había hecho algunos amigos,
nosotros nos sentamos un rato en la arena
para evitar quemarnos mucho y para que se nos comenzaran a secar nuestros
trajes de baño; no pasaron ni cinco minutos en que un par de señores que
estaban al lado de nosotros se nos acercaron para ofrecernos un vasito con ron,
sin ninguna explicación comenzaron a ofrecernos otro y otro, hasta que
terminaron sentados al lado nuestro, la plática se puso amena y entramos
rápidamente en confianza con nuestros nuevos amigos Ita y el Colacho.


En un punto Ita nos dio a probar una sopita de mariscos que le habían traído en un vaso de plástico, posteriormente otro de los amigos que había hecho Luis se acercó a traernos unos sándwiches, dijo que los disfrutáramos que nos los regalaba Venezuela y que eran para que nos lleváramos una buena impresión de su país.
En un punto Ita nos dio a probar una sopita de mariscos que le habían traído en un vaso de plástico, posteriormente otro de los amigos que había hecho Luis se acercó a traernos unos sándwiches, dijo que los disfrutáramos que nos los regalaba Venezuela y que eran para que nos lleváramos una buena impresión de su país.
Las lanchas para volver de la
Isla pasaban hasta las 4:30 de la tarde,
por esta cuestión les dijimos a nuestros amigos que ya nos teníamos que ir pues
también queríamos alcanzar a volver al departamento del Negro y de Andrea para compartir con ellos
un rato en la piscina. Estabamos discutiendo eso cuando se acerco Urián el hijo
de Ita quien esta por cumplir 10 años, y con ese pretexto Ita nos dijo que nos volviéramos en el bote de su
hermano y que luego nos fueramos a seguir compartiendo con ellos, entre vasos
de ron, les decíamos que no podíamos pues nos estaban esperando, pero cuando
llegamos de nueva cuenta a tierra firme ellos nos dijeron que tomáramos un taxi
entre todos hacia Guanta, nosotros accedimos pensando que así dividíamos
costos, pero de pronto el taxi se frenó
en medio del pueblo de Guanta, frente a una plaza muy peculiar que tenía una enorme bandera
venezolana pintada en el fondo, la Plaza de los Cocos, allí nos dijeron que nos
bajáramos un rato pues ellos nos iban a conseguir quien nos llevara hasta la
casa de nuestro amigo. Allí frente a la plaza los acompañamos a una casa donde
nos recibió una señora quien nos dijo que no nos juntáramos con Calocho por que
el ya no tenía remedio, entre bromas y risas nos sacaron unas sillitas afuera
de la casa, y Calocho haciendo honor a la fama que le estaban adjudicando, no
consiguió con quien irnos, pero por el contrario sí consiguió otra botella de
ron, puso una bocina, hielos y refresco. Al final salió toda la familia a
compartir con nosotros, incluso los vecinos se acercaron para prestarnos más
sillas. Por suerte nosotros habíamos llevado la marioneta del chavo para tomarle
una foto en la playa, así que se nos ocurrió sacarlo, los niños de inmediato se acercaron a verlo y
a tomarse fotos, y así fue que pasamos una tarde de domingo en familia, tomando
ron, escuchando calypso, salsa, y música venezolana, Julieta incluso aprovecho
para bailar un rato. Entre foto, risas y buenas conversaciones nos cayó la noche.


Cuando ya nos íbamos los niños y los grandes nos pasaron sus contactos para lo que necesitáramos. Ita y Calocho nos decían que estaban felices de compartir con nosotros y de tratarnos como hermanos, no querían que nos fuéramos y nos trataban de convencer de que pasáramos más días por acá. Ya de noche Carmen y nuestros nuevos amigos venezolanos nos ayudaron a conseguir en que irnos, batallamos un poco pues por ser domingo y de noche ya casi no pasaban taxis y los que pasaban no nos querían llevar hasta donde teníamos que ir, hasta que por fin un taxi se ofreció a llevarnos y dejarnos en otro punto donde podríamos encontrar otro auto. Ita se aseguró que nos dejara en un lugar tranquilo y donde pudiéramos conseguir otro taxi, y sin que nos diéramos cuenta le pago al taxista, antes de que arrancáramos nos aclaró que ya estaba pagado. Para tomar el otro taxi no batallamos pues en menos de cinco minutos ya íbamos en camino rumbo a la casa del Negro.
Cuando ya nos íbamos los niños y los grandes nos pasaron sus contactos para lo que necesitáramos. Ita y Calocho nos decían que estaban felices de compartir con nosotros y de tratarnos como hermanos, no querían que nos fuéramos y nos trataban de convencer de que pasáramos más días por acá. Ya de noche Carmen y nuestros nuevos amigos venezolanos nos ayudaron a conseguir en que irnos, batallamos un poco pues por ser domingo y de noche ya casi no pasaban taxis y los que pasaban no nos querían llevar hasta donde teníamos que ir, hasta que por fin un taxi se ofreció a llevarnos y dejarnos en otro punto donde podríamos encontrar otro auto. Ita se aseguró que nos dejara en un lugar tranquilo y donde pudiéramos conseguir otro taxi, y sin que nos diéramos cuenta le pago al taxista, antes de que arrancáramos nos aclaró que ya estaba pagado. Para tomar el otro taxi no batallamos pues en menos de cinco minutos ya íbamos en camino rumbo a la casa del Negro.
Ya después de las diez de la
noche, un poco tomados y muy apenados, llegamos con José Manuel y con Andrea,
pues estábamos seguros que ellos iban a estar preocupados por nosotros, pero
cuando les platicamos lo que nos había pasado, se alegraron por nosotros y nos
dijeron que les daba gusto que hayamos podido experimentar algo tan venezolano
como pasar un domingo de fiesta en familia.
El cariño y la protección que nos
ha brindado la gente linda de este país
no se compra ni con todos los paquetes de billetes de 100 bolívares, y como me dijo Ita: las cosas
no pasan, uno hace que sucedan; también me gustaron mucho sus palabras al referirse
a que nosotros los latinos somos hermanos, somos familia y como tal hay que
tratarnos; justamente así nos han tratado en este hermoso país.
Escrito por David
Herrera González.
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