EL CARIBE VENEZOLANO.
“En el mar la vida es más
sabrosa”
Una de las razones que me
motivaban a visitar Venezuela, a pesar de todas las malas referencias que nos
habían dado, era poder conocer esas playas que son consideradas como las
mejores del mundo.
Después de haber estado en la
zona de los Andes y en el desierto de Coro en Falcón, había que comenzar a
recorrer el país a través de la costa. Nuestra primer parada fue en Tucacas,
una zona famosa por los hermosos cayos,
donde la primera impresión del lugar no fue nada grata pues la ciudad no
es muy linda que digamos, pero luego de haber conocido el Cayo de Playa Sur y
la playa del Parque Nacional Morrocoy nos cambió por completo esa mala
impresión a tal grado que intentamos volver pero por los problemas que tuvimos
la última semana con el transporte ya no pudimos conocer el famoso Cayo
Sombrero, pero bueno al menos nos llevamos esa bonita impresión del caribe, con
arena blanca, aguas cristalinas y diferentes tonos de azul en el mar, y con la
grata oportunidad de haberlo hecho en un hermoso cayo, después de haber tomado
una lancha que se fue bordeando por la
playa, y que de pronto se adentró entre
unos mágicos caminos de manglares hasta irse encontrando con pequeñas porciones
de tierra donde la gente se reunía para disfrutar del agua templada del mar.
Nuestra siguiente parada sobre la
costa fue en Choroní, una playa de
difícil acceso que pasa por el Parque Nacional Henry Pitier, donde los largos
buses comienzan a recorrer esos estrechos caminos que van subiendo a esas
interminables montañas repletas de selva, en algún punto se siente el frío por
la altura, pero luego hay que bajar
hasta la costa, donde prolifera el calor y
gracias a este, el mejor cacao del mundo. El pueblo de Choroní era
hermoso con unas estrechas calles y con construcciones antiguas, con un malecón
con una vista preciosa, y con una playa a mar abierto donde el panorama no era
tan lindo como en los cayos, pero la cual también disfrute mucho al remojar mi
alma en sus aguas. También allí tomamos una lancha para ir a conocer uno de los
pueblos donde se extrae el cacao, Chuao era el nombre de esa población. Para
llegar allá el trayecto en la lancha fue por demás divertido pues la lancha se
movía mucho por el brincar de las olas, mientras íbamos navegando yo me sentí
realizado pues tuve uno de esos momentos del viaje en que uno se siente
completamente feliz. Para cuando llegamos a Chuao hicimos una larga caminata en
medio de plantas de cacao, de ríos, de ardillas y de bananeras hasta llegar a
la iglesia principal donde día con día se ponen a secar los granos de cacao,
allí pude probar un delicioso chocolate que no lo vendió un enorme tipo de raza
negra que se hacía llamar el ”Rey del Cacao”.
Después de haber pasado unos excelentes
días en Choroní nos fuimos con rumbo a Puerto La Cruz pues allá nos esperaba
nuestro amigo José Manuel, un puerto muy importante donde pudimos conocer la
Isla de Plata una hermosa playa caribeña sin muchas olas, pero con un paisaje
primoroso pero desgraciadamente arruinado por la enorme contaminación que
produce una planta cementera que hace algunos ayeres era propiedad de CEMEX y
que fue expropiada durante el gobierno de Chávez, pero donde afortunadamente
terminamos conociendo a Ita y a Colacho un par de venezolanos con quienes
terminamos pasando un domingo familiar.
Cuando estábamos por ir rumbo a
Caracas de manera inesperada se nos
apareció la oportunidad de ir a la Isla Margarita gracias a la invitación de
Rafa un colombiano que habíamos conocido en Panamá y quien ahora vive
tranquilamente en la isla trabajando y practicando surf. Allí pudimos conocer
en medio de las montañas, Playa Parguito, una hermosa playa donde pude por
primera vez subirme a una tabla de surf, aunque mi intento no fue muy
productivo si fue algo que disfrute como niño.
Desde Margarita unos días nos
escapamos a un lugar lleno de paz, la Isla de Coche, una pequeña isla que es
un viaje introspectivo con el caribe
como locación, un lugar donde se vive rico, entre conchas y caracoles, cactus y
algas, gaviotas y pelicanos, camarones y
pescadores, entre salares y arena, entre rones y cumpleaños; un lugar que nos
permitió estar en paz, salir a la playa, ver como el diablo pinto de colores el
cielo la primer tarde cuando se metía el sol, un lugar donde comimos rico y
donde se podía acabar el mundo (o Venezuela) y yo ni si quiera me hubiera
enterado, pues en esa Isla no llegan noticias, la vida en esa isla está allí para
disfrutarse.
Al final y después de haber
estado en 16 países de Latinoamérica, fue en Venezuela donde tuve más tiempo
para convivir con la paz del mar, un lugar donde me siento cómodo, cuando estoy
dentro del agua me siento parte de la
naturaleza, tal vez eso de la evolución sea cierto, vaya que sí, nuestro origen como especie viene del mar.
Escrito por David
Herrera González.
25 de Julio de 2017.
Fotografias de Julieta D' Ambrosio
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